Aquí yo permito se guiado por algo, no sé en absoluto lo que  resultará, estoy completamente a oscuras y me siento como alguien a través de quien fluye un agua, un agua que viene de lejos y que sigue su camino hacia lo lejos. Simplemente me mantengo permeable. Por esa razón yo mismo no participo. La fuente no participa del agua. El agua solo la atraviesa.
¿Cómo se hace para lograr esa actitud? Se permanece sin intención. El agua que no corre a través de la fuente no tiene intención alguna. No tiene una meta. Y, sin embargo, llega a los campos, da frutos y finalmente desemboca en el mar. Por lo tanto, la falta de intención es la condición previa para este trabajo.
No tener intención sólo lo logra aquel que ha abandonado sus conceptos sobre bien y mal. No lucha ni por el bien ni por el mal, por ninguno de los dos. Está de acuerdo con todo lo que es. Está de acuerdo con la vida. Está de acuerdo con la muerte. Está de acuerdo con todo la felicidad. Está de acuerdo con el sufrimiento. Está de acuerdo con la paz y con la guerra. Al ser tan permeable, hay algo que se acomoda para el bien sin su intención.
Nos vienen describiendo esta actitud desde hace mucho tiempo. Lao Tse la muestra, por ejemplo. Confucio la muestra. Y muchos grandes filósofos la muestran. Curiosamente no así los grandes fundadores de religiones. Las religiones llevan a la guerra.
La falta de intención que busca estar en sintonía con la ley del mundo, con los órdenes profundos, la que confía en los movimientos profundos del alma, de la gran Alma, ella, como se puede ver, está al servicio de la paz y del amor.

Extracto del libro: “El manantial no tiene que preguntar por el camino” de Bert Hellinger