Emilio J. Cárdenas*

Evo Morales, el autoritario actual presidente de Bolivia, se aferra fuertemente al poder y sigue pretendiendo mañosamente continuar en la primera magistratura de su país, pese a que la Constitución de Bolivia de 2009 claramente no lo permite. Y pese a que el propio pueblo boliviano, en un referendo especial que fuera convocado al respecto el 21 de febrero de 2016, rechazó claramente, con el 51% de los votos, esa peligrosa y antidemocrática pretensión.

El gobierno de Morales es tenido como corrupto por nada menos que la mitad de los bolivianos. Concretamente por un sólido 49,7% de los recientemente encuestados. Tan sólo el 1,7% de los bolivianos dice, en cambio, creer que en la actual administración nacional de su país no hay corrupción. Casi nadie, queda visto.

Por esto no es demasiado sorpresivo que el domingo pasado, con motivo de la celebración del 193º aniversario de la independencia boliviana, las protestas callejeras acompañaran a las tradicionales ceremonias del caso, particularmente en la bonita, nevada y siempre profusamente embanderada ciudad de Potosí, esto es en la bien llamada Villa Imperial.

El aniversario patrio boliviano se llenó esta vez de pancartas que decían, sin disimulo alguno: “Bolivia dijo no”, en alusión clara y directa al resultado de la antes mencionada consulta popular específica, que rechazara de plano la ambiciosa pretensión de Morales de continuar eternizándose en lo más alto del poder de su país.

Quienes protestaron llegaron pacíficamente desde muy distintos rincones de Bolivia: La Paz, Oruro, El Alto, Cochabamba, y Santa Cruz, entre otros.

Quizás lo más peligroso de la situación actual boliviana sea la ausencia de una oposición unificada y de un modelo alternativo conjunto de proyecto político. Con nada menos que 193 años de historia soberana independiente, la democracia de Bolivia está ahora evidentemente en riesgo. Una vez más.

Ocurre que Morales, el primer líder indígena de su país que llega a la presidencia, ya transita nada menos que catorce años consecutivos encaramado en lo más alto del poder. De ese modo conforma un peligroso signo de interrogación para el futuro de Bolivia, que lleva ya 36 años de una interesante y saludable convivencia democrática, ahora obviamente amenazada por la enorme ambición personal tóxica de poder de un Evo Morales que no quiere en modo alguno dar el paso al costado que las normas le imponen.

De esa manera, Morales -manifiestamente ensoberbecido- impide la alternancia democrática, en busca de perpetuarse personalmente en la presidencia de su país, con el riesgo de que la gente, ya harta, camine de pronto rumbo a la violencia. Polarizando cada vez más, peligrosamente, a su propio país en función de su ambición personal. Su intención manifiesta es evidente: la de gobernar por al menos un período más, del 2020 al 2025.

Morales invoca a su favor un fallo -perverso y sospechoso- del Tribunal Constitucional que le dijo que podrían existir algunas razones para llegar a convalidar, en su momento, un nuevo intento de re-elección por parte de Evo Morales, el año que viene. Acompañado en esto, como siempre, de su vice-presidente, Álvaro García Linera, a quien se tiene desde hace rato ya como la “cabeza pensante” del movimiento político marxista edificado por Morales a través del tiempo. Para Bolivia, un peligro en ciernes y un tema no resuelto.

*Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

El Diario Exterior – Madrid