Enrique Fernández García*

El imperio del mal gusto y la frivolidad es apabullante cuando se toma contacto con los medios. Nos topamos con creaciones que contradicen la supuesta inteligencia superior del hombre. Existe una suerte de competencia que, al final, encumbraría a quien nos exigiera el menor esfuerzo reflexivo. Predomina la creencia de que su público está compuesto por homínidos cuyas mentes no soportan ni siquiera una operación aritmética. No es un mal novedoso, puesto que está presente en distintas épocas. Sin embargo, la situación ya habría superado las pésimas expectativas que se tenían al respecto. En especial, la televisión sirve como clara prueba de tal degradación. Es que casi todo en ese campo parece haber sido preparado para el embrutecimiento y la banalización del espectador.

Felizmente, el despropósito de las mayorías no afecta a todos. Así, un individuo podría resisitirse a su envilecimiento. Es más, esta persona puede asumir la misión de ilustrar al semejante, contribuyendo a que se distancie del lugar común, las simplezas, el oscurantismo. Huelga decir que una labor como ésta debería ser elogiada; empero, la necedad no celebra cuando alguien procura su eliminación. Por esta razón, gente que batalla contra la basura que ofrecen los medios no acostumbra tener un destino envidiable. En efecto, siendo partidarios del elitismo, como George Steiner u Ortega y Gasset, esos detractores de las masas tienen asegurada una posteridad infame. Pero ese futuro no debiera disuadirnos de intentar la reivindicación del que ha hecho también suya esa cruzada.

Marco Aurelio Denegri, polígrafo, sexólogo, gramático, crítico literario, experto en gallos, notable conocedor del cajón musical y, ante todo, espléndido lector, ha muerto. Nació en 1938 y, desde hace varios años, dio a la televisión peruana un nivel de antología. Su programa, La función de la palabra, que, gracias al cable e Internet, tenía seguidores alrededor del mundo, nos regalaba experiencias innegablemente provechosas. Su culto manejo del lenguaje volvía legendarios los ataques que lanzaba contra libros marcados por la mediocridad. De algunas obras, por ejemplo, dijo que “no pasaban la aduana del buen gusto”. Era un guardián muy riguroso del español, idioma que es maltratado hasta por la propia Academia. Destaco que mantenía correspondencia con sus televidentes, tratando de absolver dudas, esclarecer confusiones y demoler mitos preservados durante demasiado tiempo. En particular, le interesaba lo concerniente a la educación sexual, materia que se halla plagada de tonterías creídas por el vulgo.

Semanalmente, Denegri mostraba libros que respaldaban cada una de sus aseveraciones. Sea que hablase de literatura, música o hasta las malas palabras, los apuntes bibliográficos jamás faltaron. Al margen de que, como todo bibliófilo, hubiese deseado exhibir sus apreciables colecciones, esa exposición resultaba útil para estimular al telespectador. Porque, si bien su espacio ya cumplía con el deber de iluminar al prójimo, podía ser útil para despertar apego al universo literario y, más aún, acometer su emulación. Nos indicaba el camino que, con voluntad, llevaría a sus mismos dominios. Es cierto que, como todas, su erudición parecía imposible de igualar; empero, con entusiasmo, aun esa meta se vuelve alcanzable. Acoto que, aunque no lleguemos a tal fin, bastará con el reconocimiento de su provocación en nuestras vidas. Acaso sea lo único rescatable que, durante los últimos tiempos, nos ha deparado la caja boba.

*Escritor, filósofo y abogado

Los Tiempos – Cochabamba